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Soy lingüista y letrera, madre y abuela. A veces leo, a veces escribo. Desde este domicilio.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Observaciones en torno a la misma cola





Estas observaciones fueron publicadas por primera vez en Letralia. Tierra de Letras. Las copio aquí porque ahí siguen. Se estiran y se encogen, las colas, sin coletazo.
http://letralia.com/letras/2016/06/11/observaciones-en-torno-a-la-misma-cola/




  observaciones en torno a la misma cola

UNO. Una serpiente que se muerde la cola para hacerse metáfora. Un círculo vicioso es una cola que da vuelta y vuelta en el mismo sitio. Una serpiente sola de múltiples cabezas. Cuántas caben en múltiple, impreciso, y si todas piensan o ninguna piensa. Una serpiente que se muerde la cola ondula repta se desliza sinuosa sibilante silenciosa. No se muerde la cola la serpiente para la harina aceite jabón ibuprofeno, no se muerde la cola el veneno de la serpiente.
DOS. Una niña lleva una cola de caballo para la escuela pero la devuelven porque no hay clase. Y otra también lleva cola de caballo en la cola para la leche. No fue a la escuela. La cola de caballo y la maestra. La escuela y la cola la cola en la escuela la escuela en la cola.
TRES. La cola, la pega, o sea, la goma de pegar, significan lo mismo. Sinónimos. Y el tiempo muerto  se pega con cola. Los muertos, hacen cola en la morgue los chamos, hacen cola en taquilla, se quieren ir, los viejos hacen cola, juventud prolongada con la fe de vida en la cola. El tiempo muerto se pega, en la cola no se pega con cola, el muerto.
CUATRO. Papagayo de cola al viento, multicolor, se enreda en los cables de la luz que no hay va y viene la luz dicen se fue la luz. Papagayo de cola al viento al sol a la lluvia de cola al viento te vendo el paraguas te alquilo el banquito papagayo a empujones en la cola. Papagayo multicolor la cola se colea en esta cola no, porque te mato, la guardia cuida la cola y pa´dónde vas tú que te estoy viendo papagayo la guardia y la ballena cuidan al que alquila el banquito y te arrebata de cola al viento la bolsa el muerto el papagayo el loco el que se hace.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Al fondo el mapa




Recordar la existencia de lugares otros. Que esta pecera –aguaturbia aguapiche aguadija– no es el mundo y que de algún modo imperceptible participo de lo que afuera bulle y se agita. Conciencia del confinamiento, pero también de lo ilimitado, del mundo todo y de la mar océano. 

Regados en ese mapa hay memorias y afectos. Digo Edimburgo como si dijera Guanare o San Antonio, como si allí quedara mi casa, y son las cartas o las notas, Raquel, y tantos años, las orillas del río, la caminata ritual por Sabana Grande (que en ese entonces sí era Sabana Grande), la casa de Sebucán, los libros, la Factoría, los viajes, las mudanzas y ninguna despedida. Digo Oporto. Digo Madrid, Barcelona, Bucaramanga, Suesca, Bogotá. Oakland digo, Nueva York, París, Amsterdam. Nombro a mis amigos. Igual podría decir Caracas, Porlamar, Barquisimeto. Cualquier lugar queda muy lejos si un boleto de avión cuesta medio sueldo o si las carreteras albergan monstruos que at(r)acan a ocho manos y matan sin piedad. 

Dice el DRAE que confinar es desterrar a alguien señalándole una residencia obligatoria, y recluir algo o a alguien dentro de límites, y lindar o estar contiguo.  Entonces el mapa es la conciencia del confinamiento. Recluida en los límites pero también contig(u)o, con el que está en mi mapa. Aquí estoy, sí, en el domicilio. El mapa al fondo y el exilio adentro.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Fe en los tigres



En otro tiempo estás. Eres el dueño

de un ámbito cerrado como un sueño
 J.L. Borges. 1972. A un gato. 


Bajo de la montaña de El Vallecito a la ciudad, Mérida, mi trayecto diario a la Universidad. Veinte minutos. Mientras dura el trayecto en la camionetica, el paisaje es una película en las ventanas. Los niños que viajan a mi lado entienden de qué se trata. Son dos. Uno me recuerda a mi hermano cuando era niño pero no quiero ir hasta allá, no ahora. Me quedo en la ventana que comparto con los dos niños, yo sentada, ellos parados y haciendo equilibrio con los bultos escolares. Hablan sin parar, sin mirarse entre ellos ni a los demás pasajeros. Atentos a la película, que cuentan a los gritos y no sin desacuerdos. En el parque de los lososos hay un loso terroroso, por allá se fue. En ese monte viven los tiburones. No. Los tiburones no tienen pies. No viven ahí. Es en el mar. Plantas venenosas, árboles gigantes, por aquí salen animales salvajes, tigres dicen. Y uno de los niños declara: “Yo creo en los tigres”. 

Tigres. Criaturas del exacto diseño. Solitarios, cazadores, bellos. La majestuosidad y el abandono. El rugido, pero también el silencio. La serena mirada, sostenida. La certeza en el fondo, sostenida. El salto, el giro, el cuerpo en danza. Se que existen los tigres y ya Borges cantó la imposibilidad de acariciarlos: “Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores / del mito y de la épica. / Oh, un oro más precioso, tu cabello / Que ansían estas manos” (1972. El oro de los tigres). Yo creo en los tigres.



Mi fe en los tigres se evoca en tres momentos: Tito Lucrecio blanco sobre la alfombra blanca. Tito Lucrecio contemplando el jardín desde la ventana. Tito Lucrecio frente a mí, su mirada. Un instante de sus ojos. La certeza en el fondo, sostenida.