Recordar la existencia de lugares otros. Que esta pecera –aguaturbia
aguapiche aguadija– no es el mundo y que de algún modo imperceptible participo
de lo que afuera bulle y se agita. Conciencia del confinamiento, pero también de
lo ilimitado, del mundo todo y de la mar océano.
Regados en ese mapa hay memorias y afectos. Digo Edimburgo como si
dijera Guanare o San Antonio, como si allí quedara mi casa, y son las cartas o las
notas, Raquel, y tantos años, las orillas del río, la caminata ritual por
Sabana Grande (que en ese entonces sí era Sabana Grande), la casa de Sebucán,
los libros, la Factoría,
los viajes, las mudanzas y ninguna despedida. Digo Oporto. Digo Madrid,
Barcelona, Bucaramanga, Suesca, Bogotá. Oakland digo, Nueva York, París,
Amsterdam. Nombro a mis amigos. Igual podría decir Caracas, Porlamar, Barquisimeto.
Cualquier lugar queda muy lejos si un boleto de avión cuesta medio sueldo o si
las carreteras albergan monstruos que at(r)acan a ocho manos y matan sin
piedad.
Dice el DRAE que confinar es desterrar a alguien señalándole
una residencia obligatoria, y recluir algo o a alguien dentro de límites, y lindar
o estar contiguo. Entonces el mapa es la conciencia del confinamiento. Recluida en los
límites pero también contig(u)o, con el que está en mi mapa. Aquí estoy, sí, en el domicilio. El mapa al
fondo y el exilio adentro.
