En otro tiempo estás.
Eres el dueño
de un ámbito cerrado como
un sueño
J.L. Borges. 1972. A un gato.
Bajo de la montaña de El Vallecito a la ciudad, Mérida, mi trayecto diario a la Universidad. Veinte minutos. Mientras dura el trayecto en la camionetica, el
paisaje es una película en las ventanas. Los niños que viajan a mi lado
entienden de qué se trata. Son dos. Uno me recuerda a mi hermano cuando era
niño pero no quiero ir hasta allá, no ahora. Me quedo en la ventana que
comparto con los dos niños, yo sentada, ellos parados y haciendo equilibrio con
los bultos escolares. Hablan sin parar, sin mirarse entre ellos ni a los demás
pasajeros. Atentos a la película, que cuentan a los gritos y no sin desacuerdos.
En el parque de los lososos hay un loso terroroso, por allá se fue. En ese monte
viven los tiburones. No. Los tiburones no tienen pies. No viven ahí. Es en el
mar. Plantas venenosas, árboles gigantes, por aquí salen animales salvajes,
tigres dicen. Y uno de los niños declara: “Yo creo en los tigres”.
Tigres. Criaturas del exacto diseño. Solitarios,
cazadores, bellos. La majestuosidad y el abandono. El rugido, pero también el
silencio. La serena mirada, sostenida. La certeza en el fondo, sostenida. El
salto, el giro, el cuerpo en danza. Se que existen los tigres y ya Borges cantó
la imposibilidad de acariciarlos: “Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores / del
mito y de la épica. / Oh, un oro más precioso, tu cabello / Que ansían estas
manos” (1972. El oro de los tigres). Yo creo en los tigres.
Mi fe en los tigres se evoca en tres momentos:
Tito Lucrecio blanco sobre la alfombra blanca. Tito Lucrecio contemplando el
jardín desde la ventana. Tito Lucrecio frente a mí, su mirada. Un instante de sus ojos. La certeza en el fondo,
sostenida.
